miércoles, 7 de julio de 1982

Apata en la Campaña de la Breña 1881 -1884

Por: Augusto García Cuadrado


PARTICIPACIÓN DEL PUEBLO DE APATA EN LA GUERRA DEL 79 Y EN LA CAMPAÑA DEL CENTRO

I.- Sinopsis de la Guerra

Declarada sorpresivamente la guerra al Perú por el gobierno de Chile el 5 de Abril de 1879 –que tuvo como pretexto la pacífica mediación que en virtud del tratado defensivo celebrado con Bolivia interpusiera nuestro país ante el conflicto chileno – boliviano que acaba de surgir-, las primeras acciones bélicas se dirigieron a la conquista del dominio marítimo que, afortunadamente para nosotros, se definió a favor de la nación agresora en los combates de Iquique (21 de Julio) y Angamos (8 de Octubre). El Perú perdió en ellos sus unidades navales más importantes: “La Independencia” y el “Huáscar”, y Chile quedó dueño del mar.

En posesión de tan decisiva ventaja y mostrando condiciones superiores de todo orden, las fuerzas chilenas invadieron el territorio peruano desembarcando el 2 de Noviembre en la caleta de Pisagua, cuya población, a pesar de la ardorosa resistencia opuesta por sus defensores, cayó en poder del enemigo que prosiguió su avance al norte, anotándose sucesivamente las batallas de Germania (Noviembre 6) y San Francisco (Noviembre 19) que registraron el abandono que hicieron de la contienda las facciones bolivianas comandadas por el presidente Daza.

El 27 del mismo mes , en Tarapacá, ocurrió la grata alternativa de la única victoria peruana gestada por la habilidad estratégica del entonces Coronel Andrés A. Cáceres, que por carencia de caballería y agotamiento de las tropas peruanas no se tradujo en efectivo dominio.

Los reveses sufridos, no obstante el efímero éxito que se refiere, produjeron hondo desaliento nacional que se acentuó con la repentina ausencia del Presidente de la República Mariano Ignacio Prado, que con el pretexto de injustificadas razones salió furtivamente del país el 19 de Diciembre, rumbo a Europa, originando tal actitud el levantamiento militar que depuso a su reemplazante el Vicepresidente La Puerta y elevó a don Nicolás de Piérola a la Dictadura del poder el 23 de Diciembre de 1879.

Paralelamente a estos acontecimientos internos los operativos del ejército chileno progresaban, y a corto plazo tuvieron más funestas consecuencias para el Perú en las batallas de los Ángeles (Moquegua – Marzo 22 – 1880) el Alto de la Alianza (Tacna – Mayo – 26) y Arica (Junio 7), donde prácticamente quedó destruido nuestro ejército regular.

La inmediata perspectiva enemiga, a esas alturas, no podía ser otra que marchar en pos de la Capital, propósito que fue antecedido por algunas infructuosas tentativas de paz alternadas con la vandálica incursión que realizó sus escuadra por los puertos del litoral peruano, a mando del marino Patricio Lynch, seguida por las batallas de San Juan y Miraflores (13 y 15 de Enero – 1881), que abrieron franco paso a la ocupación de Lima por las fuerzas invasoras y que, formalizada el 17 del referido mes, perduraría hasta Agosto de 1884, cubriendo ese lapso un período de singulares acontecimientos patrióticos de los que sería preferente foco el centro del país.

Producido el desastre de Miraflores, el Dictador Piérola se vio precisado a dejar la Capital en la misma noche del 15 de Enero, tomando la dirección de Canta para instalarse días después en Jauja, donde permanecería tres meses dedicado a consolidar su posición política. Allí recibió el 23 de Abril la visita de Cáceres, que acababa de arribar a la Capital, a quién nombró Jefe Político y Militar de los departamentos del Centro, trasladándose luego a la ciudad de Ayacucho, de la cual hizo la sede de su gobierno y del Congreso que el 28 de Julio de ese año (1881) lo proclamó Presidente Constitucional de la Nación.

Con anterioridad, el comando chileno afirmado en la Capital había desconocido a Piérola, demandando la conformación de un régimen de su confianza para el efecto de negociar las condiciones de paz, razón por la cual se reunió en Lima una asamblea de 114 “notables” que delegó el mando supremo en la persona de don Francisco García Calderón, el que, resguardado por las fuerzas ocupantes, se instaló en la Magdalena el 22 de Febrero de 1881.

El Perú se hallaba de esa manera entre dos gobiernos que, como es de suponer, se mantuvieron en permanente oposición, hasta que en Octubre del mismo año los comandos militares del Norte y del Sur, a los que posteriormente se sumaría el del Centro desconocieron a Piérola en adhesión a García Calderón . Este no pudo sin embargo continuar su gestión por mucho tiempo pues, mostrándose reacio a las exigencias chilenas, fue conducido preso a Santiago el 6 de Noviembre, sustituyéndole en el cargo el Vicepresidente Lizardo Montero.

En el curso de los sucesos que continuaron desarrollándose, el General Miguel Iglesias, a quien Montero había confiado la Jefatura Política y Militar del Norte, se reveló en Montán (Cajamarca) el 31 de Agosto de 1882, proclamando la conveniencia de celebrar la paz con el vencedor. Esta actitud, repudiada y combatida luego por Cáceres, fue apoyada por una asamblea legislativa adicta reunida en el Norte, la cual designó a Iglesias Presidente Regenerador del Perú autorizándolo a llevar a cabo dicho propósito que, después de ser aniquilada en Huamachuco (10 de Julio de 1883) la resistencia que hasta entonces había venido ofreciendo el General ayacuchano, se vio cumplida el 23 de Octubre de ese año mediante el Tratado de Ancón.

Por el tratado en referencia el Perú cedió a Chile su territorio de Tarapacá, entregándole así mismo las provincias de Tacna y Arica por un período de diez años condicionado a la realización de un plebiscito definitorio, vencido dicho plazo.

Tres días después de tal hecho las tropas chilenas comenzaron a desocupar la Capital, e ingresó a ella Iglesias para asumir las funciones de gobierno.

Algunas guarniciones de aquellas permanecieron todavía en determinadas zonas del país en espera de que el tratado fuera ratificado por un congreso nacional.

II .- La Campaña de la Breña

Cuando Piérola hallándose en Jauja en Abril de 1881 encomendó la Jefatura Política y Militar del Centro al General Andrés A. Cáceres, éste consideró llegada la oportunidad para acometer la patriótica empresa que en la misma tarde de la batalla de Miraflores, decaído físicamente y sangrantes aún sus heridas, había concebido para enfrentar la dura realidad apelando a la acción organizada de las fuerzas populares que permitieran expulsar al ejército invasor del país.

Carecía de todo recurso, ni siquiera un soldado se hallaba a sus órdenes. Pero así, partiendo de cero, iba desde ese momento a protagonizar durante casi tres años y con escenario principal en la zona del Valle del Mantaro, el fascinante capítulo de la resistencia que la historia ha consagrado con el nombre de “Campaña de la Breña”.

Comunicó sus propósitos a la ciudadanía y su llamado tuvo inmediato y positivo eco. Al cabo de dos meses, mientras del seno de las comunidades surgían milicias espontáneas que más tarde alcanzarían respetable poder, sobre la base de 16 soldados y algunos oficiales excombatientes de San Juan y Miraflores que encontró en Jauja, había logrado cohesionar un sólido batallón de cien hombres, con el que enfrentó a una columna chilena de la expedición Letelier que, destacada desde Lima para accionar en el Centro, devastaba ya las poblaciones comprendidas entre Cerro de Pasco, Huanuco y Huaraz. La presencia de Cáceres en Huancayo obligó entonces al oficial chileno Barahona, que llegara hasta Concepción, ha emprender la contramarcha y reintegrarse a su unidad de origen para retornar con su jefe a Lima. Fue en esas circunstancias que ocurrió el patriótico episodio de Sangrar (Casapalca – Canta), donde el 26 de Junio de 1881 los guerrilleros de la zona sorprendieron a una facción de Letelier infligiéndole contundente derrota.

Libre en tal forma la región de la inicial presencia chilena en su escenario, entró en acción franca el vigoroso operativo de las breñas andinas, de cuyo desarrollo ofrece una idea la síntesis que sigue:

Primera Etapa.- Constituidos como resultado de vehemente esfuerzo los disciplinados batallones de Huancayo, y alentado por la atmósfera de fervor patriótico que colmaba la región, Cáceres emprendió su marcha a la costa en Julio de 1881 con la resolución de conquistar la Capital. Sus tropas, que en el trayecto se habían incrementado considerablemente, fueron emplazadas a lo largo de la quebrada de Huarochirí, e instalado su cuartel general en Chosica, hallábase ya en disposición de ingresar a Lima.

Lamentablemente dos graves hechos frustraron sus intenciones: la epidemia del tifus que empezó a diezmar a sus efectivos y la crisis política que ocasionó la caída de Piérola. En tales circunstancias, optó por retroceder al Centro ante la contraofensiva del ejército chileno que en su persecución llegó al Valle del Mantaro en Febrero de 1882 e instaló su centro de operaciones en Huancayo. Tuvo que proseguir su retirada hacia el Sur, no sin antes oponer a sus perseguidores serio contraste en Pucará, arribando finalmente a Ayacucho luego de vencer tremendas dificultades, entre las que se encontraron el desastre de Julcamarca y la rebelión del Coronel Panizo, al que derrotó en Acuchimay.

La situación que ahora tenía frente a sí no le hizo perder las esperanzas de un oportuno y agresivo retorno; y mientras él se entregaba a la paciente tarea de rehabilitarse para satisfacer ese objetivo, en el Valle del Mantaro comenzaban a suceder los inciertos y dramáticos días que la indefensa población habría de soportar durante cuatro meses, y las comunidades asumían en aislados y viriles gestos, temerarias actitudes contra el nefasto opresor. Sierralumi, Carato, Sicaya, Colca, Huaripampa, Malpaso, Apata, son entre tantos, algunos simbólicos nombres que se asocian a la decisión heroica que animaba en aquellos trances a nuestros pueblos.

Segunda Etapa.- Tres meses de febril actividad en Ayacucho había permitido a Cáceres estructurar un nuevo ejército, con el que partió de esa ciudad a mediados de Junio de 1882, acampando en Izcuchaca. Desde allí dispuso su embestida contra las posiciones del enemigo, que se tradujo en las victoriosas jornadas de Marcavalle, Pucará y Concepción, ocurrida el 9 de Julio, con las consecuencias del abandono de la región por el ejército araucano comandado por Del Canto, quien, fustigado por su vencedor optó por continuar a Lima.

Tercera Etapa.- En Tarma, hasta donde aquél persiguiera a los fugitivos, Cáceres pasó revista a sus tropas hallándolas exhaustas y mermadas, por lo que para reconstruirlas y reanudar su irrenunciable asedio a la Capital formuló un tercer llamado a las poblaciones, sumándosele en respuesta nuevos batallones que se pusieron a sus órdenes. En esos preparativos lo sorprendió el ya mencionado “Grito de Montán” del General Iglesias, al que se aprestó a atacar en su terreno, siendo alcanzado en Huamachuco por las fuerzas chilenas al mando de Gorostiaga, ante las cuales cayó derrotado.

Cuarta Etapa.- La derrota sufrida en Huamachuco puso real término a la resistencia y dio paso al Tratado de Ancón. Más, el héroe no bajó la guardia, y perseguido por otra expedición chilena al mando de Martínez Urriola que tenía la misión de terminar con él, volvió a Ayacucho y burló las intenciones de aquella, manteniéndose en vigilante expectativa en tanto los invasores no dejaron definitivamente el territorio. Su paso siguiente se orientó al derrocamiento de Iglesias, propósito que fue logrado el 3 de Diciembre de 1885.

III.- La participación Apatina

“No he olvidado los buenos servicios que tiene Ud. Prestados a la Patria, durante el período de la Guerra Nacional y la Campaña del Centro hasta su concurrencia a la batalla de Huamachuco...” (Carta del General Andrés A. Cáceres al Sargento Mayor apatino Manuel García, Lima, 23-1-1905).

El capítulo cuyo desarrollo iniciamos a continuación –encuadrado dentro de los esquemas que preceden- está destinado a mostrar, más que nada y por ahora sin mayores reflexiones, los documentos y datos que ponen en evidencia la intervención que aportó el pueblo de Apata a los esfuerzos de la defensa nacional durante la guerra del 79, y, particularmente la posición que le correspondió ocupar en la Campaña del Centro, a la cual sin duda ningún grupo social del Valle del Mantaro restó su concurso, cómo puede colegirse de la aserción del antropólogo e historiador Nelson Manrique, cuando enjuiciando uno de los pasajes de la gesta guerrillera popular que se desencadenó en la zona en Abril de 1882, manifiesta que “es difícil hacer una relación completa de las comunidades involucradas en la insurrección, por cuanto ella fue una movilización de masas de la cual solo por excepción se conoce algunos nombre, mientras que la inmensa mayoría de los heroicos combatientes permanecen en el anonimato”, agregando que “el mérito de la resistencia pertenece tanto a aquellos cuyos nombres nos han llegado como a aquellos de los cuales solo se conocen sus acciones” (“Las guerrillas indígenas de la Guerra con Chile”, CIC, Lima, 1981, p. 177).

Retomando el hilo d la “participación apatina”, la realidad de ella sobresale a través de los documentos hallados y de las diseminadas referencias que registran las páginas de importantes obras y artículos publicados por destacados autores, entre los que cabe mencionar al laureado historiador Jesús R. Ponce Sánchez, quien, bajo el título “Apata en la Guerra del 79” publicó en 1973 un estudio especial dedicado a aquella, enfatizando en él la acción d los guerrilleros de Apata en el asalto al cuartel chileno de Concepción.

A ese importante trabajo que mereciera justo elogio de Jorge Basadre, deben ser sumados otros valiosos aportes que, como tendremos ocasión de apreciar más adelante, amplia el horizonte de nuestro enfoque.


Antecedentes Generales

Hernán Ponce Sánchez, arqueólogo e historiador que durante ocho años asistiera al sabio Julio C. Tello en sus peregrinaciones científicas, fue probablemente el primero en relievar la trayectoria que el pueblo de Apata imprimiera en su conducta durante el proceso de nuestro enfrentamiento con la república del sur.

Su versión entorno a ella puede resumirse en la síntesis que sigue:

La comunidad de Apata discutía en la Municipalidad acerca de su viejo problema de la irrigación, cuando recibió la noticia de la declaración de la guerra, manifestándose su patriótica reacción en el destino que de inmediato dio a la suma de trescientos soles (entonces apreciable cantidad) que acababa de recaudar con el anhelado fin, dedicándola a los fondos para la defensa nacional.
Llegado el momento envió un batallón a los campos de San Juan y Miraflores, para engrosar el cual se concentraron en Lima sus hijos residentes en distintos lugares del país, liderados por el entonces Teniente Manuel García.

Más tarde, ocupada la zona del Valle del Mantaro en 1882 por el ejército chileno que impuso la aplicación de fuertes cupos a sus poblaciones, el Gobernador apatino don Andrés Avelino Ponce, que había sido uno de los animosos organizadores del batallón que marchó a Lima, asumió valiente actitud revelándose contra la inaudita opresión, lo cual indujo al jefe de la guarnición chilena acantonada en Jauja a disponer su fusilamiento. Burlado hábilmente este propósito por el valiente gobernador, Apata se convirtió en foco de sanguinarios asedios que incluyeron el saqueo e incendio del establecimiento de dicha autoridad, al igual que de otras propiedades. Como consecuencia de estos hechos, afectada por la impresión que los mismos le produjeran, falleció la esposa de aquel doña Bibiana Martínez de Ponce.

En Julio del mismo año -continúa el narrador- “Apata y Quichuay fueron los únicos pueblos del Valle del Mantaro que marcharon a Concepción”, correspondiéndoles parte destacada, - junto a los guerrilleros del lugar y de Comas y a la pequeña columna de Gastó- en el asalto al cuartel enemigo y rendición de éste.

Y un año después, Apata se encontró nuevamente con Jauja, Concepción y San Jerónimo, en Huamachuco, contribuyendo a llenar con valor una página más de nuestra historia.

Que la versión de Hernán Ponce no tiene nada de irreal lo atestigua el propio General Andrés A. Cáceres, quien, respondiendo al reclamo que formulara el Sargento Mayor don Manuel García de su clase de Teniente Coronel, cuya actuación militar corriera paralela a la de su pueblo, le dice: “No creo haya olvidado los buenos servicios que tiene Ud., prestados a la Patria durante el período de Guerra Nacional y la Campaña del Centro hasta su concurrencia a la campaña de Huamachuco... Nadie como yo tiene interés en este asunto, tanto por mis amigos cuanto porque estimo el reconocimiento de esas clases militares como un acto de justicia a favor de quienes como Ud., tiene méritos contraídos” (Carta personal – 23-1905)

Comprobantes girados por la Comisión del Empréstito Nacional a favor de la Comunidad y del ciudadano don Gregorio Collazos, demuestra también el adicional aporte económico que sumó Apata a la causa nacional (Recibos N° 3220 y 3230 6-79- Apata)

Abundando en pruebas de la presencia del Teniente Manuel García en las batallas de Tarapacá, San Juan y Miraflores, representan el Suplemento editado por el Ejército en oportunidad del Centenario de la Batalla de Tarapacá y la inscripción que lleva el monumento erigido en Lima a la acción de Miraflores, los cuales registran la concurrencia del aludido Militar Apatino a dichas acciones. (Ediciones Extraordinarias de los Diarios de Circulación Nacional, Lima 27-11-79; Placa recordatoria, Miraflores – Reducto N° 2).

El Asalto de Concepción

En cuanto concierne a la intervención apatina en este culminante episodio de la Campaña del Centro, existe unánime consenso de parte de cuantos han tratado acerca del mismo, para establecer su efectividad. Hernán y Jesús Ponce Sánchez, Rubén Concha Posadas, Nelson Manrique, Eduardo Mendoza Meléndez y Aquilino Castro, entre otros, lo reconocen. Pero ingresemos l campo de las acciones:

Concentrado Cáceres en Ayacucho en tanto el enemigo operaba en el Valle del Mantaro con sus principales bases en Huancayo y concepción, y en perspectiva de ataque a dichas posiciones, guardaba en su memoria dos significativos antecedentes para el efecto de caer sobre Concepción, cuando llegara el momento de decidir su empuje a Huancayo: En Sierralumi, los comasinos dirigidos por Ambrosio Salazar Márquez habían dado muestras efectivas de su firme patriotismo y capacidad agresivas; y en Apata, igualmente, el pueblo encabezado por su gobernador Andrés Avelino Ponce, a quien el Jefe de la Campaña confiara la organización de las guerrillas en su sector, se había erguido temerariamente contra la imposición chilena enfrentando las represalias siguientes.

Comas y Apata, disponían de cuerpos guerrilleros debidamente constituidos y ocupaban posiciones estratégicas adecuadas a los propósitos concebidos. Además, contaba Cáceres con un oficial apatino en actividad a su lado, amplio conocedor de la zona.

Eran, pues, esos dos pueblos los que tenían que jugar importante papel dentro de los planes reivindicativos que estaba próximo a emprender el ejército de Ayacucho que ya había acampado para el caso en Izcuchaca.

Veamos lo que dicen los historiadores a este respecto:

Recordemos previamente, a manera de introducción, que Cáceres había dispuesto al comenzar la Cuarta semana de Junio, desde su cuartel general en Izcuchaca, la marcha de las operaciones que debían culminar sincronizadamente el 9 de Julio. Destacó para ese efecto dos columnas hacia el norte: una de ellas, al mando del Coronel Tafur, debía tomar la margen oeste del Mantaro para arribar a La Oroya y destruir el puente sobre el río ubicado en ese lugar; la otra a cargo del Coronel Juan Gastó, llevaba instrucciones de seguir la banda opuesta para organizar el ataque al regimiento de Concepción. Se refiere que sería acompañado por el Capitán García.

Gastó partió a fines de Junio de Izcuchaca con 50 hombres, cada uno de ellos provisto de 60 tiros –refiere Manrique-, y siendo claramente insuficientes sus fuerzas para cumplir su misión, se dirigió a Comas para concentrar a los guerrilleros de las proximidades. De regreso el día 8 con sus reforzados efectivos se detuvo en Chicche (Apata), donde aguardaba el batallón guerrillero apatino integrado por 32 hombres, que comandaban Andrés Avelino Ponce y Manuel García.

Esa misma tarde se realizó allí una junta de guerra, la cual aprobó el plan operativo del combate que se debía trabar al día siguiente, encontrándose presentes en este acto los comandantes guerrilleros Jerónimo Huaylinos, José Mercado, Manuel Concepción Arroyo y Ambrosio Salazar Márquez, además de los ya citados jefes apatinos, que junto con sus subordinados sumaban 200 hombres, pernoctando esa noche todos en Chicche (Manrique Op. Cit. P. 189).

La inmediata secuencia nos la relata Ponce Sánchez como sigue:

“En la mañana del 9 de Julio –dice- los guerrilleros de Gastó, que incluían a los comasinos y los de Apata, descendieron de Chicche hacia Santa Rosa de Ocopa con dirección a Concepción, haciendo alto en la pampa de Lastay, donde, previas largas y prudentes deliberaciones, dispuso aquel, la estrategia a seguir: Gastó y los comasinos atacarían por el Este de la plaza, en la cual se situaba el cuartel chileno; Apata lo haría por el N.E. y los concepcioninos por el Sur”.

El ataque se inició en la forma prevista a las 2 y 30 de la tarde –prosigue Ponce Sánchez- y las acciones se desenvolvieron con todo ardor por ambas partes, sucumbiendo luego de algunas horas de combate y como consecuencia de su arrojo varios apatinos, entre ellos el Jefe guerrillero Andrés Avelino Ponce y Juan de la Mata Sanabria.

La contienda se prolongó durante toda la noche, en cuyo curso los guerrilleros apelaron al incendio del cuartel que fue iniciado por el apatino Cipriano Camacachi que cayó herido en ese empeño. El hecho referido determinó una concluyente victoria para los patriotas que vieron culminada su misión cundo a las 9 de la mañana del día 10 se rindieron los sobrevivientes chilenos que seguidamente fueron fusilados salvándose de correr igual suerte únicamente Buenaventura Arenaza, un soldado de doce años, cuya tierna expresión conmovió a los jefes peruanos que accedieron a la proposición planteada para perdonarle la vida. Fue conducido por el Mayor García a Apata, donde vivió y formó familia. (Op cit. Pp. 27-40).

En la tarde del mismo día de la rendición, los chilenos que habían dejado Huancayo luego de sus reveses; en Marcavalle y Pucará, penetraron a Concepción, haciéndola objeto de las mayores iniquidades que incluyeron incendios, saqueos y matanzas que en los inmediatos días se extendieran a las poblaciones situadas en el trayecto a Jauja.

El 13 de Julio, el General Cáceres, que venía tras de aquellos, ingresó a Apata, donde según refiriera el Subteniente José Martínez –atestiguado por su hija Julia Martínez González- obtuvo detallados informes acerca delos sucesos de Concepción, de parte de los guerrilleros sobrevivientes que pudieron reunirse con él, procediendo en la misma fecha a redactar el parte que elevó al Presidente Montero (Of. 13-7-82, Apata. En Eduardo Mendoza Meléndez, “Historia de la Campaña de la Breña”, Lima, 1981).


Huamachuco

La participación apatina no concluyó en Concepción. El General Cáceres, que se había instalado en Tarma y anhelaba reanudar su marcha a la Capital, hizo un nuevo llamado para renovar sus efectivos, al que esta vez respondió Apata con el envío de un batallón de 272 hombres, en tanto Jauja lo hizo con 250, Concepción con 230, San Jerónimo con 440 y Tarma con 2,112. Estos batallones acompañarían al impertérrito Jefe en su restante campaña que en su tercera fase habría de culminar en Huamachuco (Eduardo Mendoza Meléndez, “Historia de la Campaña de la Breña”, Lima, 1981, p.167).

Sobre el comportamiento que dicho batallón tuvo en Huamachuco refiere el historiador Rubén Vargas Ugarte que “El Batallón “Apata” y el “San Jerónimo”, a paso de carga avanzaron por la falda del cerro y se lanzaron por la izquierda enemiga amenazando envolverlos...” (Hist. Gral. del Perú Rep. V.X, 1971. 99.21-29)

En las postrimerías

El capitulo de la resistencia se había cerrado propiamente en Huamachuco, y confirmado por el Tratado de Ancón. Pero Cáceres debía aún mantenerse a la expectativa, dado que todavía quedaban fuerzas chilenas en el territorio y era su anhelo marchar a Lima “para castigar a los traidores”.

Para ese efecto requería disponer de efectivos armados y Apata se mantuvo en disposición de seguirlo una vez más como lo hizo, al acompañarlo en las diferentes instancias que aún enfrentaría, mereciendo por tal motivo permanente confianza en delicados asuntos como significaba el derrocamiento de Iglesias y el fusilamiento de Laymes (Cáceres, Ofs. 16-6-84 y 17-6-84, Hyo. – Frías, Of. 3-7-84, Concepción).

Honor al Mérito

La heroica hazaña de Concepción y el brillante papel cumplido en la misma por el grupo guerrillero apatino, debieron conmover profundamente al héroe y quedar grabados de manera indeleble en su espíritu, pues, siendo Presidente de la República en 1888, dispuso la creación en Lima del “Batallón Concepción” G. N., al que, en alusivo homenaje a su participación, incorporó como miembros a los sobrevivientes apatinos de aquellas jornadas, otorgándoles los correspondientes cargos militares (Presidencia de la República, Lima, Despachos oficiales, 16-5-88).

BATALLON GUERRILLERO QUE INTERVINO EN EL ASALTO DE CONCEPCION EL 9 DE JULIO DE 1882

COMANDANTE GENERAL DE GUERRILLAS
Andrés Avelino Ponce, Gobernador del Distrito

JEFE MILITAR
Capitán Manuel García (posteriormente Sargento Mayor)

ASISTENTE
Párroco Dr. José Vianderas

INTEGRANTES
Juan de la Mata Sanabria
Lino Huamán
José Quintanilla
Emilio Barreto
Gabriel Nicanor Ponce
José T. Martínez
Estanislao Pariona
Víctor Cuenca
Vidal Acevedo
Cipriano Camacachi
Lucas Tenicela
Justo Ponce
Juan Gave
Alejandro Palacios
Francisco Ponce
Jerónimo Véliz
Manuel Mercado
Mariano Jesús
Víctor Cotera
Florentino Izquierdo
Donato Lavado
Calixto Torres
Juan de la Cruz Tueros
Antonio Cuadrado


CONCLUSIONES

1. La contribución del pueblo apatino a la defensa nacional, en oportunidad del conflicto peruano – chileno de 1879 fue permanente y mantuvo su vigencia de principio a fin, incluyendo sus postrimerías.
2. Durante la Campaña del Centro, Apata se constituyó en activo reducto guerrillero, de plena confianza del Jefe de la resistencia, con base de operaciones en el anexo de Santa María de Iscos.
3. El Gobierno, reconoció y consagró oficialmente el mérito del pueblo de Apata, al extender significativos documentos a sus representates, hallándose al frente de la Presidencia de la República el General don Andrés Avelino Cáceres